Nada es eterno
Nada es eterno. Nada. A pesar que pueda parecerlo, aunque firmes un contrato de puño y letra, aunque lo prometas ante un altar repleto de profetas, aunque lo selles con un pacto de sangre ó lo rubriques fumando la pipa de la paz, nada es eterno.
Pues existen dos palabras que borran la existencia de lo inmortal, transformando en adivinos agoreros a los creyentes : El tiempo y el olvido.
Transcurrir del tiempo y olvido de promesas dichas en los momentos intensos de rabiosa exacerbación de las pasiones.
La única cosa realmente importante en su vida había sido encontrar unas hojas de papel, cual diario, encerradas en una botella varada sobre la arena de la playa.
Paseando melancólica y cansada sobre sus propios pasos, de pies descalzos, en el solitario litoral, bordeando la línea de la costa, soñando con el pasado, con los naufragios de su propia razón, embutida en el misterio de sus pensamientos íntimos, ella se sobresaltó al oír gritar al mar, -eso creyó-, y al mirar en su derredor, allá brillaba un cristal de color verde marino. Pensó en genios encerrados en botellas.
Extrajo la botella semienterrada en la arena y con la curiosidad de un gato, hurgó sobre el tapón, que se resistía a ceder a sus intentos. La opacidad de la botella impedía ver su contenido, pero al batirla , allá dentro se intuía el movimiento de algo, algo se movía cual sutil amante huyendo de la casa de un marido burlado.
Cuando el tapón cedió, un olor a rancio y salino se escapó de su interior, invadiendo su microecosistema, un olor que la acompañaría durante unos larguísimos minutos, impregnado sus ropas y sus manos de una sensación de antaño, de lo arcaico, de algo pretérito y rancio.
Cuando tuvo en sus manos el interior de aquella botella, tras un arduo y preciso trabajo, encontrose ante una carta fechada hacía 30 años, seis papeles enrollados, y cinco días de una vida efímera y una declaración de sentimientos.
Casi se deshizo en sus manos cuando despegó la primera hoja manuscrita, que el viento se llevaba a trocitos. No había nada legible en esa primera hoja, excepto un nombre de mujer, en ese primer pedacito que parecía servir de envoltorio al corazón. Más la segunda hoja, contenía la primera carta, el primer día de un breve diario espaciado en el tiempo, la tinta estaba pegada al papel a trazos de líneas irregulares y parcialmente comprensibles:
- Hoy dejamos el puerto, embarco hacia... Me he despedido con tristeza de ... Un beso ... Un adiós ... Una lágrima de ... El viaje es largo hacia .. Te echaré de menos.
Reflejaba el día de partida de un marino hacia un destino.
La segunda carta, sin fecha, hablaba de sus peripecias a bordo, de sus trabajos, de la rutina de la pesca, la salazón, las redes, las velas, la mar en calma y siempre un deseo de vuelta, un anhelo por estar en tierra y al lado de una sirena porteña, quizá tostada, quizá de piel blanca.
Se sentó sobre la arena, el sol le acariciaba la piel, desenrolló la siguiente hoja de papel con sumo cuidado y leyó a trazos la historia de un deseo y la melancolía de un regreso, la eternidad de unas palabras escritas. La monotonía y la soledad en medio de un mar infinito que no tenía fronteras. Hablaba sobre el trabajo duro y rudo y la camaradería y amistad del grupo de pescadores, pero eso, eso no era suficiente, entre sus letras se intuía la necesidad de alguien que dormía en tierra, allá donde sí hay fronteras.
La cuarta hoja de papel, hablaba sobre el regreso, el esperado regreso a tierra, el encuentro con un alma gemela que espera, bajo la promesa de un encuentro para siempre:
- En dos días llegaremos a puerto ... Estaremos juntos para siempre, siempre. No volveré a separarme de tu lado... No volveré a la mar porque ... Es duro estar lejos ... tanto tiempo sin tenerte ... Prometo no volver a separarnos nunca
La última hoja legible del interior de la botella, tenía fecha de un día posterior, hablaba de una mar embravecida, de las olas estrellándose contra la popa, del barco hecho una cáscara de nuez a merced del tridente de Neptuno y las últimas palabras escritas eran:
-Te querré siempre, María.
Enrolló las hojas de papel y las introdujo en la botella de nuevo, excepto la última, que guardó cerca de su pecho, en el interior del bolsillo de su camisa marinera.
Regresó, andando sobre la arena de la playa solitaria, caminó un par de kilómetros, subiendo hacia el acantilado, allá, se detuvo un instante, sacó el trozo de papel del bolsillo y con su pinta-labios escribió en el reverso:
- Te esperaré siempre.
Introdujo el papel en la botella y la arrojó al mar.
María aún espera encontrar, aunque pasen otros treinta años, una respuesta a su carta enviada a la mar, y por ello pasea, durante largas e interminables horas, descalza, mirando sobre la arena, y a ratos sobre las olas del mar, ver brillar un cristal verde marino.
Pues existen dos palabras que borran la existencia de lo inmortal, transformando en adivinos agoreros a los creyentes : El tiempo y el olvido.
Transcurrir del tiempo y olvido de promesas dichas en los momentos intensos de rabiosa exacerbación de las pasiones.
La única cosa realmente importante en su vida había sido encontrar unas hojas de papel, cual diario, encerradas en una botella varada sobre la arena de la playa.
Paseando melancólica y cansada sobre sus propios pasos, de pies descalzos, en el solitario litoral, bordeando la línea de la costa, soñando con el pasado, con los naufragios de su propia razón, embutida en el misterio de sus pensamientos íntimos, ella se sobresaltó al oír gritar al mar, -eso creyó-, y al mirar en su derredor, allá brillaba un cristal de color verde marino. Pensó en genios encerrados en botellas.
Extrajo la botella semienterrada en la arena y con la curiosidad de un gato, hurgó sobre el tapón, que se resistía a ceder a sus intentos. La opacidad de la botella impedía ver su contenido, pero al batirla , allá dentro se intuía el movimiento de algo, algo se movía cual sutil amante huyendo de la casa de un marido burlado.
Cuando el tapón cedió, un olor a rancio y salino se escapó de su interior, invadiendo su microecosistema, un olor que la acompañaría durante unos larguísimos minutos, impregnado sus ropas y sus manos de una sensación de antaño, de lo arcaico, de algo pretérito y rancio.
Cuando tuvo en sus manos el interior de aquella botella, tras un arduo y preciso trabajo, encontrose ante una carta fechada hacía 30 años, seis papeles enrollados, y cinco días de una vida efímera y una declaración de sentimientos.
Casi se deshizo en sus manos cuando despegó la primera hoja manuscrita, que el viento se llevaba a trocitos. No había nada legible en esa primera hoja, excepto un nombre de mujer, en ese primer pedacito que parecía servir de envoltorio al corazón. Más la segunda hoja, contenía la primera carta, el primer día de un breve diario espaciado en el tiempo, la tinta estaba pegada al papel a trazos de líneas irregulares y parcialmente comprensibles:
- Hoy dejamos el puerto, embarco hacia... Me he despedido con tristeza de ... Un beso ... Un adiós ... Una lágrima de ... El viaje es largo hacia .. Te echaré de menos.
Reflejaba el día de partida de un marino hacia un destino.
La segunda carta, sin fecha, hablaba de sus peripecias a bordo, de sus trabajos, de la rutina de la pesca, la salazón, las redes, las velas, la mar en calma y siempre un deseo de vuelta, un anhelo por estar en tierra y al lado de una sirena porteña, quizá tostada, quizá de piel blanca.
Se sentó sobre la arena, el sol le acariciaba la piel, desenrolló la siguiente hoja de papel con sumo cuidado y leyó a trazos la historia de un deseo y la melancolía de un regreso, la eternidad de unas palabras escritas. La monotonía y la soledad en medio de un mar infinito que no tenía fronteras. Hablaba sobre el trabajo duro y rudo y la camaradería y amistad del grupo de pescadores, pero eso, eso no era suficiente, entre sus letras se intuía la necesidad de alguien que dormía en tierra, allá donde sí hay fronteras.
La cuarta hoja de papel, hablaba sobre el regreso, el esperado regreso a tierra, el encuentro con un alma gemela que espera, bajo la promesa de un encuentro para siempre:
- En dos días llegaremos a puerto ... Estaremos juntos para siempre, siempre. No volveré a separarme de tu lado... No volveré a la mar porque ... Es duro estar lejos ... tanto tiempo sin tenerte ... Prometo no volver a separarnos nunca
La última hoja legible del interior de la botella, tenía fecha de un día posterior, hablaba de una mar embravecida, de las olas estrellándose contra la popa, del barco hecho una cáscara de nuez a merced del tridente de Neptuno y las últimas palabras escritas eran:
-Te querré siempre, María.
Enrolló las hojas de papel y las introdujo en la botella de nuevo, excepto la última, que guardó cerca de su pecho, en el interior del bolsillo de su camisa marinera.
Regresó, andando sobre la arena de la playa solitaria, caminó un par de kilómetros, subiendo hacia el acantilado, allá, se detuvo un instante, sacó el trozo de papel del bolsillo y con su pinta-labios escribió en el reverso:
- Te esperaré siempre.
Introdujo el papel en la botella y la arrojó al mar.
María aún espera encontrar, aunque pasen otros treinta años, una respuesta a su carta enviada a la mar, y por ello pasea, durante largas e interminables horas, descalza, mirando sobre la arena, y a ratos sobre las olas del mar, ver brillar un cristal verde marino.
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